Por estos días dos temas copan la agenda noticiosa en educación: el inicio del diálogo entre los estudiantes y el gobierno, y la presentación del presupuesto 2012 para su discusión en el congreso. El primer evento ha comenzado a desarrollarse con desconfianzas mutuas, especialmente de los estudiantes hacia el gobierno, quienes no están seguros que sus demandas de cambios estructurales al sistema educativo vayan a ser escuchadas e implementadas por el ejecutivo, sobretodo considerando que fueron ellos los fundadores e ideólogos del actual sistema. Por su parte, el gobierno desconfía de la capacidad de los estudiantes de flexibilizar sus posturas, intentar llegar a acuerdos y volver efectivamente a clases a pesar de que no todas sus peticiones sean satisfechas.
Para que el diálogo sea fructífero ambas partes deben ceder en sus posturas originales entendiendo, por un lado que no todas las demandas estudiantiles serán satisfechas a cabalidad, y por otro, que las propuestas de cambio del ejecutivo deben ser ampliadas y modificadas, o que deben crearse nuevas, en función del diálogo con los estudiantes. Dicho esto, el piso mínimo debiese ser la introducción real y concreta de cambios estructurales al sistema educativo; cambios que el actual gobierno se ha resistido a proponer, discutir e implementar.
Hasta ahora el gobierno se ha centrado en proponer cambios al funcionamiento del actual sistema principalmente por la vía de la inyección de recursos a las universidades públicas a través de aportes basales y el aumento de la subvención escolar para los establecimientos públicos municipales y particulares subvencionados. Esto último constituye uno de los ejes centrales del presupuesto propuesto para 2012 en educación y que fue anunciado el pasado jueves 29 de septiembre por el Presidente Piñera. Junto con ello, el ejecutivo ha propuesto implementar cambios al sistema de créditos con aval del estado reduciendo la tasa de interés para los créditos universitarios y reprogramando las deudas estudiantiles. Sin duda, estas propuestas de cambio son ayudas relevantes para las familias endeudadas y una buena noticia para las universidades públicas y escuelas/colegios que reciben financiamiento estatal, pero ellas cambian poco o nada las bases y estructura del sistema educacional. Como consecuencia, las medidas propuestas aminoran o apaciguan problemas, pero no se hacen cargo de las transformaciones profundas que requiere el sistema educativo chileno.
En general, nuestro sistema educativo ha crecido enormemente en cobertura y acceso tanto a nivel secundario como superior, y se ha generado un piso mínimo de calidad educativa para todos. Por ejemplo, a nivel escolar aspectos tales como la inversión en infraestructura, la ampliación de la jornada escolar, la existencia de un curriculum nacional y de programas de estudio han contribuido a generar una calidad mínima que está por sobre la media latinoamericana. Sin embargo, como numerosos estudios e informes confirman, este mejoramiento ha sido muy desigual entre municipios, zonas geográficas, entre escuelas públicas, y entre escuelas públicas y privadas. Ante todo, el acceso a una mejor educación está altamente asociado a la capacidad de pago de las familias –vía pago de matrícula completa o financiamiento compartido-, o a la posibilidad de ser elegido por el establecimiento educacional a través del proceso de selección.
Una de las principales consecuencias de este modelo es la alta segregación socioeconómica en educación que existe en el país. A nivel escolar esto se traduce en una diferenciación socioeconómica entre escuelas públicas, y entre escuelas públicas, particulares subvencionadas y pagadas: los pobres estudian con los pobres, la clase media con la clase media y los ricos con los ricos. Un informe publicado por la OECD en septiembre confirma lo señalado al identificar a Chile como el país miembro que posee la mayor segregación socioeconómica en el ámbito educativo y en donde, además, la financiación privada para educación tiene el mayor peso relativo. Esto significa que en Chile las familias deben sortear una serie de obstáculos, y realizar importantes esfuerzos económicos si quieren asegurar una educación más completa para sus hijos. Para rematar este complejo panorama, el estado chileno no se ha hecho cargo lo suficiente de fortalecer la educación pública primaria, secundaria y superior, y tampoco ha regulado apropiadamente el crecimiento y expansión de la educación privada subvencionada. Lo que obtenemos es un mercado de la educación pobremente regulado donde los sostenedores privados han sido los más beneficiados y la educación pública y las familias más vulnerables las más grandes perdedoras.
Dicho lo anterior, qué propuestas puede el ejecutivo enviar al congreso y poner en marcha para modificar estructuralmente el sistema educativo, fortalecer la educación pública, y hacerse cargo de los problemas de calidad, equidad y alta segregación socioeconómica en educación que existen en el país. Qué nuevos arreglos estructurales pueden acodarse entre el gobierno, el congreso y el movimiento social por la educación. A continuación se hacen cinco propuestas para el nivel escolar, a las cuales el lector podrá sumar otras, enriquecer las que se proponen, o pensar en otras iniciativas que involucren a la educación superior.
Primero, promover y asegurar mecanismos para la integración socioeconómica en la escuela de manera que los estudiantes puedan educarse en ambientes socialmente más diversos. Actualmente existe una normativa que apunta en esa dirección al exigir a los establecimientos municipales y particulares subvencionados un 15% de alumnos vulnerables para poder recibir la subvención. El problema es que actualmente esta ley nadie la exige ni la fiscaliza por lo que el gobierno debiera comprometerse a ponerla en práctica. Una alternativa plausible es que la nueva Superintendencia de Educación asuma un rol activo para el cumplimiento de la misma. Adicionalmente, el gobierno debiese crear mecanismos que promuevan e incentiven la integración social en la escuela, premiando y destacando anualmente a aquellos establecimientos educacionales que más hayan avanzado en integración. De esta manera, se estaría visibilizando un aspecto clave de la calidad educativa que tradicionalmente se deja fuera de la ecuación educacional.
Segundo, modificar sustancialmente el sistema de financiamiento de la educación escolar a través de fórmulas que incorporen más elementos que sólo la matrícula y asistencia a clases de los alumnos. Este mecanismo es altamente inestable y comúnmente genera déficits presupuestarios, especialmente en la educación municipal, la cual no cobra financiamiento compartido y viene perdiendo matricula año a año por diversas razones. Al respecto, una propuesta interesante es la que hace Educación 2020 en su documento “Para un camino a una educación de calidad con equidad para Chile”. Éste propone que la subvención escolar sea calculada incluyendo aspectos tales como un financiamiento por aula que asegure el pago de los costos fijos para cada sala de clases en un establecimiento incluyendo el salario docente, un financiamiento por establecimiento proporcional al número de aulas que financie los costos en que debe incurrir una escuela en su conjunto, y un financiamiento por estudiante en función de la asistencia a clases que agregue más recursos para aquellos establecimientos que se preocupan porque sus estudiantes asistan efectivamente a la escuela. Mediante esta fórmula, que combina fuentes de financiamiento más estables con otras más flexibles, se estaría beneficiando enormemente al conjunto del sistema, especialmente a la educación pública.
Tercero, aumentar considerablemente el monto de la subvención escolar en general, y de la subvención escolar preferencial en particular beneficiando tanto a escuelas públicas como privado subvencionadas. Esta propuesta está contemplada dentro del proyecto de presupuesto 2012 presentado por el gobierno y es un avance importante en términos financieros. El problema es que dicho aumento no lleva aparejado una disminución paralela del financiamiento compartido. Mientras este aporte adicional que realizan las familias no sea suprimido se seguirá incentivando la inequidad y la segregación socioeconómica entre escuelas. Al respecto, el gobierno debiera acordar un plan con el parlamento y los estudiantes secundarios que aumente anualmente el monto de la subvención y elimine gradualmente el financiamiento compartido en un plazo de 3 a 4 años. Esta medida, en conjunto con la promoción de la integración social en la escuela y el cumplimento de la ley de 15% de alumnos vulnerables, podría generar positivos resultados para Chile en términos de integración.
Cuarto, aumentar las regulaciones al sistema particular subvencionado. Actualmente las regulaciones a dicho sector son escasas, poco se sabe de cómo manejan los recursos que les entrega el estado, los sostenedores privados pueden abrir y cerrar colegios fácilmente y no existe un límite al número de establecimientos subvencionados que pueden existir por comuna. Además, muchos de estos colegios son instituciones con fines de lucro por lo que sus utilidades no necesariamente son reinvertidas en educación. Este conjunto de desregulaciones genera enormes disparidades en la calidad de estos colegios, los hay muy buenos pero también muy malos, los hay muy responsables pero también muchos cometen abusos. Es por esto que una mayor regulación al sector es necesaria; no para eliminarlo sino que para encauzarlo y ponerle límites. Una propuesta interesante en este sentido es la que hace Educación 2020 al proponer que se implemente un sistema de total transparencia de recursos para todos los sostenedores, incluyendo públicos y privados e independiente de su naturaleza jurídica. Otra propuesta interesante es la de regular el lucro por la vía de fórmulas que controlen el uso de las utilidades de los establecimientos escolares actuales, además de prohibir la apertura de nuevos colegios con fines de lucro. El gobierno y el conjunto del sistema político debiesen dar una señal potente en este sentido señalando que de aquí en adelante todo nuevo colegio privado que quiera recibir subvención estatal debe ser sin fines de lucro. Finalmente, el ejecutivo debiese proponer una fórmula para regular el número de establecimientos privados que pueden existir en una comuna acorde con su población en edad escolar total.
Qui
nto y último, diseñar e implementar un plan comprehensivo de fortalecimiento de la educación escolar pública. Esto supone no sólo financiar al sistema público a través de la subvención a la demanda –número de estudiantes atendidos- sino que también por la vía de la subvención a la oferta. Dadas las actuales condiciones de desventaja y de pérdida de matrícula con que opera el sector público municipal, una política de esta naturaleza es necesaria y urgente. El plan debiera no sólo crear nuevas corporaciones locales públicas que administren la actual educación pública en reemplazo de los municipios, o potenciar a aquellos municipios que deseen continuar administrando la educación, sino que también debiera proveer un financiamiento especial y apoyos específicos a dichas organizaciones locales. Medidas relevantes serían generar programas de formación para directores de escuela y para profesionales de la unidad local, potenciar planes de desarrollo institucional y fomentar el trabajo en red, entre otros. Un aspecto clave del proceso debiese ser el fortalecimiento institucional de los liceos públicos técnico profesionales y su articulación con una red de nuevos establecimientos técnico profesionales públicos en el nivel superior. Finalmente, el fortalecimiento de la educación escolar pública debiese incluir el fortalecimiento del nivel regional a través de nuevas agencias regionales dependientes de la nueva agencia de la calidad recientemente aprobada por el congreso.
Como puede verse, el conjunto de propuestas realizadas constituye un universo amplio de políticas y medidas educacionales. Algunas de ellas –la regulación del 15% de alumnos vulnerables, la implementación de mecanismos de fomento a la integración, la mayor transparencia en el uso de los recursos públicos y el fin del financiamiento compartido- son de relativa fácil tramitación e implementación en la medida en que existan los acuerdos políticos. Otras, como la desmunicipalización y la creación de agencias regionales, requieren de más tiempo. Sin perjuicio de lo anterior, no existen razones para postergar los cambios que el sistema escolar requiere. El gobierno y el parlamento debiesen estar a la altura de lo que los estudiantes y la sociedad chilena en su conjunto están demandando, y de lo que la propia evidencia nacional e internacional muestra. El tiempo para el cambio real en educación es ahora.











